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CONTESTACIÓN
DEL
ILMO. SR. DON ANTONIO ENRIQUE
AL DISCURSO DE RECEPCIÓN

PARANINFO DE LA
UNIVERSIDAD DE GRANADA
13 DE DICIEMBRE DE 2004

GRANADA
MMIV


Excmo. Sr. Presidente,
Excmos. e Ilmos. Sres. Académicos,
Señoras, Señores:



LA vida a veces hace diana en la plena luz del corazón. Nunca pudiera haberme imaginado que aquel muchacho, que me abordó hace ahora treinta años, fuese a quien hubiera de saludar con ocasión de su recepción pública en esta Academia. Nunca pude imaginar que el futuro nos deparara compartir un mismo designio, pero mucho menos aún que me cupiese en suerte esta honorable distinción que me llena de sano orgullo y, por qué no decirlo, de una cierta congoja. Pues aquel muchacho que traía un libro inédito en la mano, y que me había seguido desde la Biblioteca, es quien hoy está aquí con nosotros, en su plena madurez de escritor, tras haber legado ya una obra relevante. Y la congoja nace a flor de nostalgia, cuando evoco ahora tanta juventud oferente, y tantos días convividos en torno a los libros y a orillas del río de la vida, y tantas gentes que acogimos y nos acogieron. José Lupiáñez es el poeta más brillante de mi generación; así lo siento, así lo he dicho y escrito, más convencido a cada nuevo libro suyo. Pero es más, y lo saben sus amigos, y lo intuyen quienes han compartido su trato. Es un hombre recto, intelectual y humanamente ecuánime. Y es, sobre todo, un hombre generoso. Acaba de mostrarlo ahora. Pudiendo elegir un tema brillante, escoge el tono menor de quienes se crecen en el servicio ajeno. Pues, ¿cómo no sucumbir aquellas tardes a la fascinación de los paseos? Pero el poeta a quien hoy tenemos presente sacrificó tardes enteras, noches y más noches, en la edición de los libros de los demás. La mitad de su vida literaria ha sido esto, hacer posibles los sueños de los demás. Y la otra mitad construir un mundo de sensaciones para el disfrute de quienes se acercan a su obra. Esta generosidad es la que le ha llevado esta tarde a recordar a quienes vieron sus obras impresas en aquellas dos empresas editoriales, Silene y Ánade, pero también a quienes ya no están entre nosotros.

Aquel libro inédito, que el joven portaba en la mano aquella tarde de últimos de primavera de 1975, llevaba por título A favor del olvido y pasaría a ser Ladrón de fuego. Tan sólo unos meses le habían bastado para traducir el concepto en imagen, y la imagen en música. Pero en el Sur, que él rescataba desde su infancia en la bahía gaditana, con aquellos prodigios que un otro día me mostró y evocó, en Puerto escondido, el noveno de sus libros y el nombre de la calle donde de niño viviese en el Puerto de Santa María, este trayecto que comienza en una pulsión adivinatoria y termina en acorde de símbolos es la más pura tradición de todas las épocas. Ladrón de fuego nos enseñaba a rescatar de este olvido la propia fragilidad de la belleza, como quien infringe una frontera prohibida: la de los sueños que nos devuelven, paradójicamente, la realidad; la de la realidad, que ha de ser trascendida para que los sueños, precisamente, no nos adormezcan. Años después, sería saludado, por Fernando de Villena, quien luego se nos unió, o nos unimos ambos dos a él, como el libro que inauguraba aquella nueva época poética en Granada que arrancara con la instauración de las libertades. Ladrón, en este contexto de fabulaciones nos lleva a Prometeo, el primate devorador del fuego. Y el propio fuego a la estirpe solar de nuestro poeta, pues en todos sus libros existe una reverberación luminosa, una radiosidad diáfana que le confieren su atmósfera de puro y desvelado resplandor.

Este fuego constituye la intuición de su más alta verdad poética. Pues al cabo de tantos libros, y de preguntarme qué secreto imán me hacía trascender mi estado de ánimo, creo estar en disposición de decir, tras tantos años, y decir aquí, que lo que sostiene en alto esta obra poética es el éxtasis, su búsqueda y encuentro. Un éxtasis sensitivo, si se me permite la expresión, hecho con mente fría. Un éxtasis sensorial de luz y formas, de aromas, de músicas ocultas, de colores cambiantes y envolventes, una marea alzada de símbolos y visiones: éxtasis de graduaciones precisas y sensaciones exactas. Un éxtasis hecho de mente fría porque, en su universo, el absoluto se halla identificado con la serenidad y su belleza es la de su exactitud verbal y precisión dinámica. Esto sin embargo, el poeta sobrepone a los efectos de la estricta geometría verbal su aliento humano. El hálito humano que trasciende a su obra es, en José Lupiáñez, de melancolía cierta, de inquietud inesperada, de decepción creciente. De manera que el gozo de los sentidos, la celebración de la palabra en todas sus galas, se funde a esto otro del pálpito de la desazón, del crujido de todo cuanto se refiere a la carnalidad del mundo externo.

En este diapasón de la armonía que es la obra de José Lupiáñez, cada uno de sus doce libros hasta la fecha es un acorde en la gran sinfonía que nos lleva al éxtasis sensitivo del último de sus libros: Petra, la ciudad rosa. Cuántas veces, en medio de los afanes cotidianos, le he visto soñar despierto, con ese aire de melancolía que le es propio. Aquí es el triunfo de los sueños; los sueños como ambición, no como derrota, los sueños como testimonio de esa otra dimensionalidad que nos hace más humanos, más comprensivos y piadosos. Pues en el poeta ha de haber piedad no sólo para con sus semejantes, sino también para con las cosas. Hablamos de sentido mágico de la vida; hablamos de misterio. El éxtasis sensitivo es codicia por sentir, por vivir los anhelos inasibles, y esto nos hace más humanos, porque sabemos que la pasión es, sobre todo lo demás, pasión inútil.

La idea del éxtasis, su apetencia, estaba viva desde el fuego de su primer libro, fuego inaugural que se hace explícito en libros como Río solar (1978), El jardín de ópalo (1979), o Puerto escondido (1998), o bien se subsume en el fuego helado, la luz sombría de Amante de gacela (1980), Música de esferas (1982) o La luna hiena (1997), aunque sus libros más irradiantes supongan una fusión de ambos procesos: Arcanos (1984), Número de Venus (1996), La verde senda (1999) y el más reciente El sueño de Estambul (2004).

Hemos estado juntos en todas partes, hemos publicado casi en los mismos lugares, hemos viajado casi a los mismos sitios, hemos compartido iguales amigos, amigas y maestros, y hemos hablado, sobre todo hemos pasado nuestra vida conversando de los mismos poemas, de los mismos seres y ensoñaciones. Amamos la vida porque sabemos ambos que la palabra, el arte de la palabra, la justifica, y a veces hasta la compensa. Por eso yo, que tantas cosas he aprendido de ti, he visto por tus ojos y sentido por tu corazón de persona cabal, noble y desprendida, siento hoy y aquí, entre nuestros amigos y amigas de siempre, un hondo estremecimiento que se parece mucho al vértigo que tu obra toda humildemente me ha inspirado. Corre mastín, dijiste un día en el libro Número de Venus. Estuve allí cuando lo escribiste en aquella playa, al atardecer, y fui testigo de cómo tus ojos cobraban la sabiduría de la espuma que evocabas, una espuma de felicidad que la melancolía no conseguía extinguir, pues era eso tu vida entera, una lucha contra la tristeza existencial mediante esa otra espada, flamígera ésta, del gozo extático.

Corre mastín, que quiero que la espuma
se funda con la nieve de tus ojos;
corre mastín y esquiva los despojos
de la orilla más triste, salta puma

salta como los corzos, brinca y suma
venturas y desdén; convierte enojos
en brío para el triunfo; nunca abrojos
desdigan la pasión que hoy te consuma.

Decide que el futuro no te hiera,
desdeña los regalos de la brisa,
arda hacia adentro la mejor carrera;

arda la risa esquiva, arda la prisa
por vivir esa vida que te espera
y ese halago mejor con que te avisa.


Bienvenido, José Lupiáñez, a esta tu otra casa.

ANTONIO ENRIQUE       


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