volver a Críticas y reseñas

Ladrón de fuego, de José Lupiáñez

JESÚS FERNÁNDEZ PALACIOS



       Acabo de leer un libro de poesía de un autor paisano, José Lupiáñez, nacido en La Línea de la Concepción (Cádiz) en 1955. Este joven poeta, que vivió unos años en Barcelona, está afincado ahora en Granada entregado al estudio y a la creación poética. Volviendo al libro, al que me refería, y que no me pasó inadvertido, tiene un título muy sugestivo que nos convoca de entrada, y no sin sobresalto, la voz recia del poeta «maldito» francés Arthur Rimbaud. Rimbaud dice: «El poeta ha de ser verdaderamente ladrón de fuego». Ladrón de fuego un título sugestivo de un jovencísimo poeta andaluz que nos enfrenta de comienzo con una poesía visionaria y apasionada.
       Ladrón de fuego, que yo recomiendo a los lectores de poesía, es un libro alumbrado por entero en Granada, es un díptico (cada parte consta de siete poemas) que anuncia la disposición vital del poeta frente al mundo, expresada en un tono emotivo-elegíaco recuerdo y confesión del paisaje andaluz, entorno que domina la pasión amorosa y perfila el milagro. Sus versos se suceden en pureza, como acallando la congoja de que provienen, en medio de resonancias míticas de un ineludible pasado tradicional, o claramente próximos a la queja radiante que se sufre.
       Esta poesía primera de José Lupiáñez, que ya ha tenido una segunda edición mexicana en la colección de poesía «Caballo Verde» que edita la Universidad de Veracruz (México), supone una línea perpendicular que atraviesa el aire, a veces convertido en fuego, uniendo cielo y tierra, claridad y oscuridad, luz y sombra. En medio de esta trayectoria ascendente-descendente, las nubes, identificadas con los labios, signos de pureza en el contexto del poeta, y antisignos del odio. Aquí precisa el poeta de la materialización de las cosas intangibles que, sin perder su etereidad, adopten una corporeidad y sean asideros a la vida que le tocó vivir. Vida que observa con perseverancia, vida convertida en océano por donde navega la conciencia plural del poeta, aprisionada a veces por la incertidumbre (que los griegos no conocieron), otras veces por la tristeza, y siempre por la angustia que atenaza, disminuye y, finalmente elimina.
       En la voz de José Lupiáñez se manifiesta un desaliento ante el misterio de la existencia, y esa voz es la que convoca al tiempo que, junto con el espacio y el ritmo, constituyen la arquitectura poemática de esta obra. Es notable su preocupación por el tiempo presente, porque este tiempo suyo es la conclusión del camino recorrido, y el comienzo de ese otro tiempo futuro, incierto, que le conduce, en un destino plural e inexorable, hacia la muerte que desconocemos los seres vivos. La fuerza de estos versos está operada desde ese miedo cósmico que el ser humano soporta. El poeta busca la inocencia, indaga una filosofía de la ternura, rehuye geográficamente el terror, ya es un iniciado en el arte de habitar los espacios en la consecución de su lenguaje. Su orden es un desorden generoso. Sus espacios son elementos fundamentales. Y el poema no tan sólo la materia, es también la forma de esa materia y el modo en que esa materia es en el poema.
       Mas finalmente, en esta dialéctica del desequilibrio, donde han quedado convocados todos los poetas, aparece el ritmo como contrapunto articulando el equilibrio necesario. Otra vez la metáfora y la imagen diluyen el carácter burocrático y cruento del lenguaje cotidiano. Otra vez la poesía y el poeta invaden la memoria del lector, sustrayéndolo un poco, solamente, de esa condición histórica de marioneta, que padece.
       Y el lector se sustrae, afloja sus artilugios de guiñol, y bebe en el caudal de la poesía, y se frota las sienes con la saliva del verso que nos acerca la figura de Cernuda:

Hoy recibo de pie
sobre este mármol, el lamento
angustioso de tus versos,
heridos árboles
en la entraña y la sombra más profundas,
palomas altas que repasan
la paredes dormidas
o la sangre
primera, que corre por la frente.

      Y aún en la presencia del poeta del amor, Lupiáñez concluye:

A pesar del amor,
del odio incluso, no acariciéis
la frente, dejadme adormecido
junto al muro olvidado
de mi casa.

       Y ante la amenaza, que a todos nos amenaza, de la sombra, el poeta nos hace la propuesta formal de soñar que no vendrá la sombra, que los días son largos y que habrá luz (la luz) hasta muy tarde.


JESÚS FERNÁNDEZ PALACIOS
Revista KURPIL, nº II
San Sebastián, mayo-junio de 1976